Desde un instituto de la Zona Norte nos envían el discurso de despedida que leyeron a sus alumnos de Bachilerato la semana pasada. Texto emocionante, agradecido hacia todos los que han mantenido el espíritu y la valentía en un curso complicado como éste.
Buenas tardes a todos.
Quiero
saludar especialmente a vuestros orgullosos padres, algunos de los cuales, por
otro lado, he visto en estos últimos años casi tanto como a los míos: mi más
sincera enhorabuena por vuestro trabajo.
La
verdad es que este ha sido un curso realmente difícil para vosotros, padres y
alumnos de 2º de Bachillerato, para nosotros los profesores, en realidad un año muy difícil para todos.
Decía
David Trueba hace unos días en su columna de El País que a la educación
pública le empieza a pasar lo que le decía a él Rafael Azcona que le pasaba al cine español: que solo hablan de él
cuando es para algo malo. Decía también que hay una inducción interesada en degradar lo que no responde al negocio
particular, y así la superación y democratización, las maravillosas aventuras
de muchachos como vosotros que han
llegado de la nada a la universidad o a un oficio gracias a la educación
pública jamás resaltan entre la catástrofe diaria. Y terminaba su artículo con
una idea que suscribo completamente: solo
lo que es común representa la libertad compartida, la que pone al alcance de
todos, sí, todos, las posibilidades de belleza que ofrece la vida.
Federico
García Lorca en un discurso de inauguración de una biblioteca en Fuente
Vaqueros (Granada) en 1931 dijo que "Cuando
alguien va al teatro, a un concierto o a una fiesta de cualquier índole que
sea, si la fiesta es de su agrado, recuerda inmediatamente y lamenta que las
personas que él quiere no se encuentren allí. «Lo que le gustaría esto a
mi hermana, a mi padre», piensa, y no goza ya del espectáculo sino a través de
una leve melancolía.
Ésta es la melancolía que yo siento, decía, ya conocéis su
extraordinaria sensibilidad, por
todas las criaturas que por falta de medios y por desgracia suya no gozan del
supremo bien de la belleza que es vida y es bondad y es serenidad y es pasión.
Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino
que pediría medio pan y un libro. Y yo
ataco desde aquí violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones
económicas sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales que es lo que los
pueblos piden a gritos.
Bien está que todos los hombres coman, pero que todos los hombres sepan. Que gocen todos los frutos del espíritu humano porque lo contrario es convertirlos en máquinas al servicio de Estado, es convertirlos en esclavos de una terrible organización social.
Bien está que todos los hombres coman, pero que todos los hombres sepan. Que gocen todos los frutos del espíritu humano porque lo contrario es convertirlos en máquinas al servicio de Estado, es convertirlos en esclavos de una terrible organización social.
Cuando
el insigne escritor ruso Fedor Dostoievsky,
padre de la revolución rusa mucho más que Lenin, estaba prisionero en la
Siberia, alejado del mundo, entre cuatro paredes y cercado por desoladas
llanuras de nieve infinita; y pedía socorro en carta a su lejana familia, sólo
decía: «¡Enviadme libros, libros, muchos libros para que mi alma no muera!». Tenía frío y no pedía fuego, tenía
terrible sed y no pedía agua: pedía libros, es decir, horizontes, es decir,
escaleras para subir la cumbre del espíritu y del corazón.
Porque la agonía física, biológica, natural, de un cuerpo por hambre, sed o
frío, dura poco, muy poco, pero la agonía del alma insatisfecha dura toda la
vida.
Por
eso acepté esta última oportunidad que me habéis dado de dirigirme a vosotros
como profesora, porque tengo algo que deciros todavía antes de que os vayáis de
aquí, en realidad ya lo dijo un gran
profesor, Horacio: “Sapere aude, incipe!” (…) “¡Atrévete a saber, a ser sabio, empieza ya!”
¡Atreveos a ser sabios!” Cristina, Roberto, Álvaro, “tened el valor de serviros de vuestro propio entendimiento”. Porque
así podréis gozar del máximo bien que al
hombre le han dado los cielos: la libertad. Y la única libertad que merece la pena es la de pensar por uno mismo e
intentar ser mejor, y por contagio, hacer también un poco mejores a los demás.
Ser libre no es hacer lo que se quiera, sino saber lo que se hace. La
libertad solo es posible si se tienen adquiridos los hábitos que nos permiten
resistir a la tentación fisiológica de la ignorancia y de la esclavitud que nos
harán manipulables, indefensos, súbditos y no ciudadanos.
Lo
fácil, lo natural, es dejarse ir, dejarse vencer por la pereza y la cobardía.
La libertad y el conocimiento, el pensamiento, la ciencia y el arte exigen
esfuerzo, pero también nos posibilitan el acceso a placeres que serían
inaccesibles y desconocidos si no nos tomáramos el trabajo de descubrir.
No
puedo terminar sin daros las gracias a
los que habéis sido mis alumnos. Agradeceros el veros llegar al instituto en
vuestras bicis, entrando a toda máquina, a primera hora de la mañana, venciendo
el encantamiento que estamos seguros ha realizado el mago Frestón rodeando el
instituto con esa barrera de fuerza invisible que se opone y no deja avanzar,
ralentiza el paso del alumno que se acerca todavía dormido a clase. Agradeceros
vuestras miradas atentas, vuestras preguntas, vuestra curiosidad, sinceridad,
la espontaneidad con la que en alguna ocasión os he oído decir “¿Ya se ha acabado la clase?”, con el
consiguiente “pelota” y vuestras ganas de saber. Vuestro trabajo y sobre
todo vuestro contagioso buen humor. No tenéis ni idea de lo que todo eso ha
supuesto para mí estos últimos cuatro años y no creo ser capaz de explicároslo,
como he hecho con la poesía de Bécquer o los valores del se. Ni creo que sepáis lo
que lo voy a echar de menos. Estoy segura: he aprendido yo más con vosotros que
vosotros conmigo.
Retomo
las palabras del personaje de una serie de televisión que se emitía cuando yo
era pequeña, vosotros sois demasiado jóvenes para conocerla, Canción triste de Hill Street. Era una
serie de policías y había un comandante encargado de distribuir las misiones del
día entre los policías de la comisaría. Al terminar el reparto siempre les
decía: “Ahora salid ahí afuera y tened
cuidado”.
Muchas gracias.
es un hermoso discurso de despedida y me alegra que aya sid publicado...tiene mucho de cultura y de aprendizajes
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