sábado, 8 de diciembre de 2012

Las cosas de Wert (artículo de Manuel Menor)

puntsdevista.wordpress.com: Manuel Menor habla de Wert y las cosas bien hechas

El amigo Manuel Menor me mandó hace unos días este texto “adaptado” del básico que corre por la red:

Después de un breve paréntesis interglacial (Riss-Würm), el período glaciar WÜRM, del Pleistoceno, está entrando en una fase de conjunción recidiva con la sub-fase WERT, paralela al cambio climático general y del cuarto período glaciar… (sembrado por la OCDE y la CEOE). La mutación que se prevé es mucho más que estructural y no se puede hacer nada: la geología es la geología. Nuestro destino estaba escrito en el corazón de las TIC y no nos habíamos dado cuenta. Mira si no el teclado de tu ordenador: (Q) WERT (Y) y observa cómo esa preciosa “E” (de “España”, mi “querida España nuestra…”) lleva incrustada ya una fatídica “€” del condicionante Euro, determinante de todo desvelo reformador.

Como verás, todo esto viene de muy atrás…. de mucho antes de la gloriosa Ley General de Educación de 1970 y, por supuesto, de la no menos querida LOGSE…… Debíamos habernos dedicado a la mineralogía o a la meteorología: hubiéramos estado más acertados. Por algo había tanta añoranza melancólica incrustada en las circonvoluciones cerebrales de los simios más excelsos: el “Homo antecessor” de Atapuerca ya tenía depresiones con el curriculum…., demasiado moderno para las culturas líticas.

Y hoy, en tono mucho más serio, recibo este artículo suyo:



La LOMCE y las cosas bien hechas

Manuel Menor Currás

Puesto que de lo que se trata es de “mejorar” el sistema educativo, no vamos a recelar que la LOMCE esté hecha con la sana intención de dejar este aspecto de la vida colectiva en una posición muy mejorada respecto a cómo sus gestores actuales lo recibieron. Teniendo en cuenta, por otra parte, que entre las proclamas del Sr. Rajoy, está la de buscar “las cosas bien hechas”, no cabe desconfiar tampoco de que lo que este proyecto de ley que presenta Wert, venga a ser el canon de lo que, a sus ojos y a los de quienes le sustentan en el cargo, deba ser la “buenaeducación”.

El habilidoso y locuaz ministro ha sido capaz de desviar nuestra atención hacia la cuestión lingüistica catalana, como si ese fuese el centro de su propuesta y en ese pulso quisiera dejar clara una firme determinación de sacar adelante sus extraordinarias ideas sin que nos enteráramos bien de cuáles fueran ellas. Contando, además, con el auxilio indudable de la aquiescencia absoluta de las doce autonomías en que gobierna su partido, ha podido orquestar perfectamente que esta propuesta de ley tiene todas las características de una buena ley, que acabará poniendo orden y sentido donde sólo hay incongruencia y desatino. He seguido con atención qué decían en la nueva TVE al respecto y me quedé demasiado informado de que era una buena ley y de que, salvo la oportunidad del asunto lingüistico –que algún tertuliano de 24 horas veía incoherente en ese momento de los avatares políticos, día cuatro de diciembre de 2012-, no merecía sino asentimiento. Digo mal: uno de los contertulios sí sabía de qué iba la ley, pero su voz quedaba aislada y, con el tiempo y espacio muy limitados, quedó como una flor exótica ante los otros cuatro participantes. En los kioskos, el amplio eco que tiene desde ese glorioso día el calificativo “imprescindible”, aplicado a este proyecto, es igualmente extenso, en proporción similar. Una coincidencia que recuerda bastantes salas de profesores en que he estado, donde toda discrepancia con la socorrida apreciación rutinaria de qué mal está esto, qué desastre de clase acabo de sufrir, era de inmediato sofocada. Digo “era” en tiempo pasado, meramente porque desde hace veinte días he pasado el limbo de los jubilados, no porque estime que la sociología del profesorado actual se haya vuelto de repente coherentemente crítica con los fallos estructurales que tiene el sistema educativo español. En todo caso, cuesta creer que los derroteros de “buenaeducación” que estos días tienen tan ocupados a los medios –a contrapelo de lo que suele suceder en este sector informativo- sean tan apasionantes, capaces de oscurecer y eclipsar logros anteriores que los especialistas –y la propia OCDE- suelen reconocer al breve tiempo transcurrido desde los setenta y ochenta para acá.

Desde la legitimidad democrática que le da a Wert el respaldo de una mayoría parlamentaria y al margen de cómo la estén usando y de qué otros medios o triquiñuelas se estén valiendo para imponer -que no dialogar, consensuar o pactar, sus planteamientos-, lo que cabe, ante todo, a la ciudadanía en general es tratar de percatarse de cuáles sean las pautas de “mejora” que propone este ministro. A sabiendas de que la verdad o calidad de un proyecto no depende de la cantidad de votos –libres o condicionados- que lo sustentan. A todo ciudadano le conviene racionalizar lo que ahora se está anunciando como “mejora” del sistema educativo de sus hijos, y más cuando, a todas luces, parece que vaya a ser norma de la educación española en poco tiempo. Este ejercicio, por otra parte, si pudiera estar libre de argumentaciones ad hominem, ayudaría en la responsabilidad compartida que tenemos todos de hacernos cargo de los aciertos, pero también de las inoportunidades y equivocaciones que pueden caer sobre el presente-futuro de toda la sociedad española.

Es curioso que, en educación, todo el mundo sepa más que nadie, incluso ahora mismo en que tantas dudas nos asaltan hacia casi todo. Prueba fehaciente de ello es la enorme altura científica que –en asuntos educativos- se reconoce a los reunidos en la mentada Conferencia de las Autonomías, donde el ministro dio muestras de lo mucho que sabe de “educación”. [...]

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