lunes, 7 de septiembre de 2015

"Miradas sentimentales y oportunismo: contextos de LOS LIBROS DE TEXTO" (Manuel Menor)

Reproducimos un nuevo artículo del compañero Manuel Menor


Las playas turcas, los refugiados, el guiño social de Rajoy, los libros de texto… Buen comienzo de curso para todas las dualizaciones que aceptamos para vivir.


Ha tenido que morir Aylan Kurdi, el niño sirio varado en las playas turcas, para que los ciudadanos europeos nos conmoviéramos. Durante un tiempo fugaz, el lado sentimental de la miseria nos hará olvidar el montón de muertos diarios por hambre, guerra y atropello de sus derechos fundamentales para vivir. Sólo en Siria, han muerto ya más de 120.000 personas y 14.000 niños. Y nos hará sentir más a gusto con nosotros mismos, porque nos vemos  mejor que nuestro desdichado prójimo. Nuestras conciencias tendrán, además, un motivo extra para la  compasión solidaria y sentirse en paz consigo mismas.

Contextos de comienzo de curso

Aquí, tan rácanos como casi siempre, se han apiadado un poco y van a buscar acomodo a algunos refugiados más. No muchos, no sea que se espante el patriotismo austero.  Pero han tenido que estar próximas las elecciones generales para que Rajoy saliera de su plasma, aflojara un poco  y se pusiera caritativo: él y su Gobierno dan o retiran migajas del presupuesto como si fueran recursos suyos, propios para el limosneo. La labor de convencimiento sentimental al personal ha empezado en medio de este trance sentimental y, desde el manoseo del bolsillo de funcionarios, pensionistas y demás dependientes de los gobernantes, se irá creando una plataforma de convencidos del buen corazón -y cabeza, claro-, de los gestores políticos actuales. A ver si, como es obligación en toda relación asimétrica, somos agradecidos. Bolsillo y corazón -la gran dualización de nuestras vidas aburguesadas de esta esquina del mundo- bailarán a menudo hasta diciembre con nosotros.

La conmoción también prepara -¿y distrae?- los inicios del curso académico de nuestros escolares. Los libros de texto han sido noticia especial este año desde antes del fin de curso pasado, a causa de las consabidas razones denunciadas por algunas Asociaciones de Padres y por algunos colectivos de profesores cuando la  implantación de la LOMCE empezó a  parecer más provisional que nunca y ya Wert andaba por París. En el verano, alguna que otra noticia hubo de los escarceos del lobby de editores de libros de texto frente a los denostadores de prácticas que consideraban abusivas. La LOMCE sigue ahí, pero en estos días previos al inicio de curso, algunas comunidades autónomas, de perfil más sensible en este momento, ya se han adelantado a dar una solución a lo otro, al menos por este curso. Pondrán una ayuda básica para la compra, condicionada en algunos casos a que los alumnos devuelvan los libros en buen estado a fin de curso.

A vueltas con los libros de texto

Dudoso es, de todos modos, que este asunto en que el bolsillo y el sentimiento se reparten la conversación de unas clases sociales estrujadas de continuo en tiempo de crecimiento crítico del empleo, no siga coleando más tiempo. Si bien es razonable que los editores quieran hacer negocio y que crezca de continuo, no lo es tanto que no vean que lo están haciendo a cuenta de una concurrencia de empresas cada vez menor y contando con una cadena de silentes contempladores de un público cautivo desde hace muchos años. Los archivos del Instituto Nacional del Libro (INLE), creado por Orden del Ministerio de Gobernación el 23 de mayo de 1939, saben muy bien cómo se ha ido cambiando este negocio y las condiciones del mismo. La censura y el control de las “buenas conductas” e información adecuada que llegaba a la gente estuvieron en su origen, y poco cambió su función originaria  si se estudia desde 1951, cuando pasó a depender de Información y Turismo. La vigencia para vigilar y autorizar los que iban a ser libros de texto principalmente en escuelas e institutos, ha sido constante hasta muy pasada la Transición: no fuera que se contaminaran sus lectores con el estudio de lo que decían.

 Fue en este estrecho espacio expresivo donde los privilegios aleatorios de gentes próximas a sectores eclesiásticos y al poder político –no era pequeño el de quienes diseñaron currículos o programas cambiantes de las asignaturas-  originaron las principales editoriales actuales. Lo cuenta un poco Antonio Viñao en un estudio colectivo, publicado hace seis meses por Marcial Pons, acerca de la edición en España entre 1939 y 1975. A partir de la LGE de 1970, varias de ellas, con la pluralidad de asignaturas, se convirtieron en grandes empresas; algunas, para abarcar mucho más que libros de texto. Todo sucedió mientras nos hacíamos muy devotos de reformas conducentes a seguir hablando eternamente de “calidad”, sin la lealtad imprescindible para acordar qué debamos hacer para lograrla.

 Con este panorama, una nueva ley educativa como la que está dudosamente en marcha es una clarísima oportunidad de negocio a no descuidar. En términos de rentabilidad, es una gran oportunidad para que la  crisis no afecte al sector. Entre este año y los inmediatos, de seguir adelante esta tan discutida ley se renovará buena parte de la biblioteca de las familias. Habrá nuevos clientes, obligados por el colegio y sus profesores correspondientes a comprar determinados libros y no otros, por más que la regla fundamental, la de la libertad de mercado, quede tan  mediatizada. Y aunque la otra libertad de que tanto se habla cuando de educación igualitaria viene al caso  -la libertad de educación-,  no sólo se someta a lo que diga cada escuela o colegio -con o sin “ideario” como quiso la LOECE desde 1980-, sino que haga ver una vez más que no es libertad para todos. Los recortes de estos años pasados en becas para  menesteres como los libros escolares dejaron a muchas familias con un buen agujero en la libertad  que el art. 27 de la Constitución dice que tienen. Sin que conste que el Tribunal Constitucional –que ahora tendrá crecidas competencias- se haya interesado por el desaguisado.

Desde el sentimiento solidariamente comprensivo de los nuevos gestores de las Comunidades con esta discriminación, puede que se fortalezca la simpatía de sus votantes. Pero independientemente de que su gesto sugiera algo más de justicia distributiva, no dejará de ser aleatoriamente caritativo, y más bien hacia las empresas. Si los responsables de educación no entran en el meollo del asunto, todos los años volverá el mismo lío al final del verano. Bien merece, pues, que sea tratado desde las necesidades reales de la escuela y con la consistencia que deba tener la profesionalidad docente. Mírese  como se mire, y con las posibilidades actuales de almacenamiento, gestión y transmisión de información, es una gran anomalía que, prácticamente hasta los 18 años, todos nuestros chicos y chicas tengan cada curso un determinado canon específico y sacral para marcar la verdad cognitiva por igual. Cuando no estamos hablando de la Biblia ni de lo que se quería que fuera la Enciclopedia de 2º grado..., lo que debiera vigorizarse es la dotación de las bibliotecas escolares y su buen uso, con materiales diversos y no sólo soporte en papel, por supuesto. No implicaría tantas ventas en las estadísticas de ANELE, pero sería más racional. En ese espacio -que debiera ser el principal de todo centro educativo- es donde debe haber abundancia de libros y, claro que sí, plurales libros de texto, incluidos cuantos en cada centro hayan sido obligatorios, desde 1970 cuando menos. Cuanto más antiguos, mejor ilustran y documentan a la perfección la pasiva bobería de este dogma de la obligatoriedad de un texto determinado.

Y con la Escolástica…

Lo que estamos haciendo en pleno siglo XXI es como si quisiéramos que nuestros escolares siguieran funcionando -pese a los muy bien editados libros de texto-, como en la Edad Media. La Escolástica era rigurosamente fiel a la reproducción anquilosada de lo que había que saber, o al menos recitar, que eso y no otra cosa era lo que estaba bien saber hacer: repetir, mientras el dómine seguía con el dedo en la línea qué decía el alumno. Una metodología utilitaria que, además, favorecía la disciplina, el silencio y la estabilidad: no cabían muchas discusiones más allá del nominalismo. La labor inquisitorial sobre la información y el conocimiento tuvieron de este modo mucho camino andado con los nihil obstat, prolongado con intermitentes regresos al pasado. ¿No fue a esto a lo que principalmente sirvieron nuestras escuelas desde que en 1825  Calomarde impuso un  Plan y Reglamento de Primeras Letras del Reino para toda España? ¿No es esta misma la función que desempeñó la enseñanza primaria de todos -no la otra, la de los que irían a colegios de pago- antes de 1970? ¿En qué consistió aquella EGB mayoritaria en que no llegaba a titular el 31,99% del alumnado? ¿No sigue teniendo mucho de lo mismo la ESO actual –al menos para uno de cada cinco adolescentes-, aunque imponga obligatoriedad hasta los 16 años?

Y por otro lado, está lo que deba saber y saber hacer un profesor o maestro hoy en el aula: en qué consista su competencia, cuál deba ser su capacidad de control epistemológico del conocimiento y sus canales de acceso, qué deba comunicar con autoridad y consistencia –auctoritas y no imperium-  a sus alumnos para que puedan seguir aprendiendo. Esa es la gran cuestión de la educación española en este momento: como lo ha sido siempre. No es serio ni razonable que un profesor o maestro de ahora mismo deba depender de un determinado texto para su trabajo cotidiano de mediación en la transmisión del saber. Ni su autonomía como profesor, ni su competencia como educador, pueden tener como misión imprescindible que sus alumnos sean especialistas en reproducir las buenas contestaciones que prescribe una partitura previa y reglada en un libro, acompañado aparte -para colmo- de un solucionario de cuestiones “para el profesor” por si acaso. ¿Se  cumple alguna utopía educativa con ello?

¿Qué textos?

Cabe aventurar, por demás, que, con este planteamiento pautado desde fuera del aula y sus necesidades, pronto ni el profesor ni el libro harán falta. Es más, no tardarán en desaparecer unos y otros si se impone definitivamente el tipo de evaluaciones estandarizadas que la LOMCE ha puesto en marcha, especialmente para el logro de los títulos académicos básicos que faculten para continuar estudiando. Quienes elaboran el Informe PISA y similares no tardarán en  vender las contestaciones a sus cuestionarios de bolígrafo y papel, para que cuantas personas quieran titular en algo aprendan a rellenarlos adecuadamente. ¿Va por aquí la “mejora de calidad” de la “nueva” educación? Quien logre el monopolio dentro de la libre concurrencia en este campo de batalla, ¿dejará que mande la racionalidad próxima al sentimiento de lo justo o, más bien, la más favorable a su bolsillo?




Manuel Menor Currás
Madrid, 06/09/2015




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